Carta a mi Madre.

Querida mamá, recuerdo que en tu lecho de muerte me dijiste que abandonabas éste mundo preocupada por papá y por mí, no te faltaba razón,  a los dos nos eras muy necesaria.

Papá fué fuerte, más de lo que pensábamos mis hermanos y yo, resistió tu ausencia heróicamente, sabes que nunca fué hombre de amigos y bares, su vida se centraba en tí y en su trabajo por lo que tenía pocos lugares de avasión para refugiarse de tu ausencia.

Papá y yo comemos todos los días juntos, y nos hacemos compañía, sabes que nosotros, aún sin hablar, nos sentimos acompañados el uno por el otro.

Agún día al llegar a vuestra casa le sorprendí con lágrimas en los ojos, él ocultaba sus emociones y me pedía disculpas por verlo llorar, yo guardaba silencio, porque los recuerdos se agolpan en la mente y papá sin tí es como una hoja a merced del viento, débil y abandonada.

Vive en casa sólo, se ha convertido incluso en un buen cocinero ¿quién lo diría, verdad mamá?, él que no sabia ni encender el fuego.

De vez en cuando, hacemos un viaje y visitamos a tus hermanos y a su hermano, vamos a los baños de Fortuna y en éste último hemos visitado los de Archena, ¿recuerdas mamá?, tus mejores vacaciones las pasabas en Fortuna y ¡te iban tan bién para tus rodillas!.

Yo estoy bién mamá, tanquila, estoy en las mejores manos que podía estar, ésta mujer lleva treinta años ciudando inmejorablemente de mí, por lo tanto olvida tú preocupación.

Pasan los años mamá y todos nos hacemos mayores, ahora empiezo a ser necesario a papá, contra los años él no puede hacer nada, y así como hasta ahora él ha cuidado de mí, yo en justa correspondencia podré acompañarlo, y no creas que es ningún sacrificio, más bién es un placer, aunque duele infinitamente verlo envejecer.

Querida mamá, te he escrito éstas letras, porque tu recuerdo me ha llegado con fuerza, como la ola de la canción, y no he podido hacer otra cosa que escribirte, ya que hablar contigo no es posible.

Un beso, mamá.