Silvia.

¿Recuerdas los tiempos pasados?, aquellos en los que de tiempo en tiempo acudía en tu búsqueda, de forma acelerada, con el deseo de verte, para comentarte con ansiedad, con fuerza, todo lo que se pasaba por mi mente, y todo con toda la sinceridad que podía poseer en aquellas circunstancias.

¡Qué tiempos aquellos!, tú estabas en el hospital, y en cierta ocasión me vi rodeado por aquellos seres humanos privados de libertad, tras aquella puerta metálica, que como zombis me miraban, me tocaban y preguntaban, yo trataba de responder a sus preguntas, y quedaba impresionado de tu trabajo.

A tí te gustaba el trabajo de hospital, estar en la vanguardia de la medicina con enfermos crónicos a los que era tan difícil llegar, con los que comunicar algo sólo podía intentarse desde el sentimiento de comprensión y de afecto, ésas cualidades que siempre tuviste.

Yo, llegaba a tú hospital lleno de curiosidad, quería contarte algo que fuera interesante para tí y para mí, consideraba que mi mejor refugio en los momentos oscuros era en tu despacho, allí dónde tu figura se angrandecía y llenaba toda la planta.

Tu sensibilidad femenina, tu enorme inteligencia y tu amor por tu profesión y por el género humano, lo percibíamos los que estábamos tratados por tí, por éso cuando la noche se acercaba salía corriendo en tu búsqueda, para encontrar refugio, alivio y esperanza.

Esos tiempos quedan ya lejanos, pero se mantienen vivos en mi memoria.

Ahora desde la distancia y cuando nuestras actividades son distintas, yo recuerdo lo importantes que pueden ser algunas personas, que ejercen la profesión médica con verdadera dedicación y amor por sus pacientes.